Era un día agitado, de esos en que el estrés manda a diestra y siniestra. Me hallaba ahí, dentro del aula, dando órdenes y a punto de explotar. Debía aplicar una prueba y, al llegar, había encontrado un reguero de pupitres por todos lados que, junto al ruido de los chicos, empezaron a encenderme la impaciencia. "Usted, decía en tono casi militar, córrase pa'allá. Y usted, múevase; o voy y lo alzo. Y usted, ¿qué hace ahí? ¿No se da cuenta que está estorbando? Vean. Todos los pupitres deben quedar alineados. Los primeros aquí, en esta línea de las baldosas". Cuando creí que había logrado ordenar la clase, salí rápido por el material a la sala de profesores. No tardé mucho.
Cuando reingresé al aula, de nuevo estaban los pupitres desordenados, como si adrede los chicos se hubieran puesto de acuerdo para fastidiar. Empecé otra vez el regaño, esta vez más fuerte. "Pero qué les pasa, carajo, por qué no respetan la línea que les dije", grité señalando al piso. Fue entonces cuando levanté la vista y vi en el fondo una profesora. Sonreía y hacía cara de sorprendida. Comprendí de inmediato. Al regresar, me había metido en otro salón. Creo que me ruboricé porque sentí el rostro encendido. Antes de salir, una de las chicas se atrevió:
-Profe, usted como que está fumando porquerías...
martes, 29 de mayo de 2007
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